Cansado de las cláusulas suelo. La moda pasajera


Cláusula suelo. La cuestión jurídica del momento. El objetivo de muchos despachos. La moda pasajera.

Hace tiempo que los medios de comunicación y profesionales del sector han encontrado en las cláusulas suelo un interesante nicho de mercado. Desde hace tiempo, no pasa un solo día sin que salte a la palestra una noticia relacionada con el tema. Primero fue la Sentencia del Supremo del año 2013 sobre la nulidad de las cláusulas suelo de determinadas entidades financieras; a continuación, a su rebufo, las innumerables interpretaciones y críticas al respecto.

Poco tiempo después nos desayunábamos un día sí y otro también con resoluciones de Audiencias Provinciales o tribunales menores al respecto, dando lugar a un aluvión de opiniones sobre el particular. Al hilo de ellas, comentaristas de todo calado, sabelotodos del Derecho y opinadores en masa, nos trasladaban sus versadas opiniones sobre la interpretación de la nulidad en el Código Civil. Mejor dicho, lanzaban al aire su propaganda dialéctica a favor o en contra del referido concepto según soplase el aire de su propio interés particular.

Más tarde, nos infectaron con el informe del abogado general del Tribunal Europeo sobre su opinión, no vinculante, respecto del criterio temporal sobre la nulidad. Las aguas se calmaron un poco alrededor de las entidades financieras, y se agitaron en torno a las asociaciones de consumidores y algunos despachos de abogados que no entendían el curioso criterio del abogado general.

Pero el tiempo trascurría, los procesos judiciales se suspendían a la espera de una resolución definitiva del Alto Tribunal Europeo, mientras la prensa y las entidades que necesitaban moverse para no ser olvidadas, seguían dando el callo en las redes para mantener viva la cuestión.

Finalmente, ahora, la reciente Sentencia de 21 diciembre del Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha adoptado una decisión, coherente donde las haya, si de lo que se trataba era de resolver la cuestión que se le planteó: si los efectos de la nulidad son “ex tunc” o “ex nunc”; es decir, si los efectos de la declaración de nulidad de una cláusula lo son desde el inicio o desde el momento de la resolución que la declara.

A todos los que nos movemos en el mundo del Derecho nos sorprendió la Sentencia de 2013 de nuestro Tribunal Supremo que declaraba la nulidad e inventaba un argumento de política económica para atribuir los efectos tan solo desde ese momento. Lo lógico es lo que ha ocurrido. Que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha corregido a nuestro Alto Tribunal, manifestando que la declaración de nulidad debe tener efectos desde el momento en que fue incorporada al contrato.

Pues bien, llegados a este punto, este Letrado se encuentra harto de tanta literatura, de tanto marisabidillo y de tanto profesional que se sube al carro de las cláusulas suelo para hacerse un hueco en nuestra difícil profesión, anunciando que son expertos, especialistas dicen, en cláusulas suelo, y reclamaciones a entidades bancarias. Hago un paréntesis para recordar que hay compañeros de profesión tremendamente pulcros, correctos, preparados y capaces, que llevan toda la vida dedicándose con precisión a esta variante del Derecho y sobre los que tengo el mayor de los respetos. Sin embargo, al revuelo de todo el movimiento mediático han surgido de pronto especialistas en nada que, atraídos por la sangre, se han hecho un hueco a empujones en este minisegmento del Derecho, convirtiéndose ahora ficticiamente en adalides de la defensa de los derechos del consumidor, cuando en realidad, lo único que tratan es de obtener un lucro fácil llevados por la vertiginosa corriente de la defensa del perjudicado, engañado en algunos casos por las entidades financieras, y conscientes en la mayoría de ellas de lo que habían firmado, aunque ahora se llamen andana.

Lo cierto es que vivimos en un mundo atroz, que devora y se lleva por delante carros y carretas en menos que canta un gallo. Eso es lo que les ha pasado a muchas entidades financieras que están soportando ahora los desmanes que llevaron a cabo en los años del crecimiento. Otras no, otras se comportaron de manera profesional, explicando concienzudamente a sus clientes lo que contrataban, pero a pesar de su ético comportamiento, van a sufrir ahora las consecuencias de la pena civil que la sociedad ha impuesto a la generalidad del sistema financiero. Porque es verdad que la inquina de gran parte de los ciudadanos hacia los Bancos se fundamenta en los abusos que en muchos casos se cometían y, ahora que el cliente tiene la sartén por el mango, no la va a querer soltar. No es justo en modo alguno tratar a todas las entidades por igual; ni lo es criminalizar a sus empleados. Ocurre que la deriva pasional hacia la que la difícil situación económica ha llevada a muchos ciudadanos, no permite ver más allá de los árboles de la generalizacion, impidiendo apreciar el bosque de la individualidad.

La velocidad con la que camina nuestra sociedad, nuestro sector jurídico, nuestro mundo empresarial hará que en unos meses, una vez trascurrido el plazo que el urgente Real Decreto elaborado por el Gobierno conceda para la resolución extrajudicial del conflicto, todo se desvanezca. Unos ciudadanos alcanzarán acuerdos amistosos; otros se verán abocados, como hasta ahora, a plantear la oportuna demanda judicial; y otros, insatisfechos siempre, buscarán las cosquillas nuevamente, abrirán nuevas heridas o espacios de posible reclamación, ayudados por los sempiternos buscadores de nichos de conflicto. Esa misma velocidad en la que se ve inmersa nuestra sociedad, es la que hará desaparecer del mercado a quienes han surgido de la nada al hilo de la posibilidad del dinero fácil, de la reclamación a bulto al poderoso.

A mí me agota toda este tema. Me canso de no oír hablar de otra cosa, como si no existiesen profesionales dedicados a otras ramas del Derecho que hacen su trabajo de manera excepcional. Nadie habla de los abogados de oficio, ni de los estupendos especialistas en nuevas tecnologías que están surgiendo al hilo de esta nueva revolución digital que tenemos encima. Ni de los grandes conocedores del mundo del Derecho Laboral o del Derecho Mercantil. Aquí solo se habla de las cláusulas suelo: anuncios en prensa, en televisión, en cualquier medio. Pues muy bien, las cláusulas suelo, los swaps, las multidivisa, las preferentes…se van a terminar más pronto que tarde. Los abogados, por si no lo sabe el público, somos algo más que reclamadores automáticos, que gestores de expedientes. Somos asesores, somos consejeros y somos solucionadores de problemas. Es una profesión estresante, pero al mismo tiempo emocionante. Y tenemos que estar preparados, humana e intelectualmente para el futuro. Las cláusulas suelo han sido una moda, pero por suerte o por desgracia, ya son el pasado.

House built from euro notes (Digital)

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Crisis y desaparición empresarial


Es conocido que el término “crisis” significa cambio. No se trata de una situación coyuntural de más o menos años de duración, que cuando pasa deja todo como estaba. Al contrario, los momentos de crisis, como el actual, remueven las estructuras más aparentemente estables de la sociedad y del tejido empresarial. En el fondo, el final de todas las crisis económicas es un cambio sustancial de paradigmas. Cuanto más profunda es la crisis, más se aprecia la transformación. Y la que nos ha tocado vivir va a terminar con muchos lugares comunes, pero va a tener una gran consecuencia dentro de la población empresarial de nuestro país.

A mi juicio, entre el 70 y el 80% de las empresas españolas con más de cinco años de antigüedad al comienzo de la crisis, desaparecerán. No es una profecía, ni un mal augurio. Es una exigencia ineludible de la realidad: las ventas en prácticamente todos los sectores han descendido una media del 50%, los costes fijos se mantienen, en la mayoría de los casos sin posibilidad de recortarlos, y la financiación externa para soportar esta difícil situación resulta inexistente. Desgraciadamente, es imposible mantener el tipo ante este escenario, al que le debemos sumar en la mayoría de los casos, el grave deterioro que producen los impagos primero en la tesorería de la empresa y, finalmente, en la cuenta de resultados, cuando la ley obliga a la dotación.

Por supuesto, habrá quien se salve de la quema, pero serán los menos: los grandes monstruos están cayendo estrepitosamente, porque eran gigantes con pies de plomo; los más pequeños también, porque no pueden soportar el descalabro de ventas, y sólo se mantienen quienes disponen de un importante músculo financiero y han tenido la fortuna de no ser arrollados por los males de su propio sector, y el acierto de no entrar en operaciones arriesgadas o económicamente poco rentables.

De cualquier forma, esta realidad, contrastada con el tremendo aumento de solicitudes de concursos de acreedores, y el cierre de hecho de muchas más empresas que no se acogen a la regulación concursal, no es negativo en si mismo, si pensamos que progresivamente irán surgiendo proyectos nuevos, con mínimos costes estructurales, con nuevas ilusiones y sin cargas externas que perjudiquen la idea, y que crearán puestos de trabajo, que sustituirán a los que se quedan por el camino. Optimismo es la palabra, frente a la dura realidad. Esto no es el fin, es el comienzo de una época diferente, esperemos que también desde el punto de vista ético. Lo nuevo sustituirá a lo viejo; lo débil dejará paso a lo fuerte, y lo rápido se cambiará por lo lento. En todos los sectores, sin excepción. Y se va a imponer un nuevo modelo de hacer negocios. Por cierto, quienes nos dedicamos al asesoramiento, al tratamiento del Derecho, también cambiaremos, y en la misma línea que el resto de la sociedad; de lo contrario, también desapareceremos.

 

Hagamos algo por nuestra sociedad


Llevo meses observando el deterioro económico y, sobre todo, anímico, que está estrangulando a nuestro tejido empresarial. Era un deterioro progresivo y paulatino hasta hace tres meses, en el que nuestra sociedad viajaba, como dentro de una burbuja que nos iba dirigiendo por inercia a una situación cada vez peor. Pero tengo la impresión de que ese lento descenso a los infiernos se ha convertido desde hace poco tiempo en una caída vertiginosa. Es una sensación en la que han coincidido varias personas cuya opinión he tenido la oportunidad de pulsar en la última semana.

Creo que esta percepción es cierta. Es una realidad de la que no nos vamos a poder escapar, pero es más cierto que los profesionales de este país tenemos algo que hacer ante ella. La sociedad española y su tejido empresarial necesitan nuestra ayuda. No es momento de lamentarse, ni de criticar, porque la política vale para lo que vale, pero jamás ningún partido político nos sacará de nuestro infierno particular. Es momento de hacer, de colaborar, de trabajar más que nunca y de servir de apoyo a todo ese mundo empresarial que está atravesando una situación crítica.

Como profesionales dedicados al mundo de la empresa, debemos ser el apoyo imprescindible de nuestros empresarios, olvidándonos de matices políticos. Hoy más que nunca nos necesitan, y hemos de estar a su lado. No podemos limitarnos a hablar con ellos de los impuestos, de las nóminas, de las reclamaciones judiciales que nos encargan. Esa es una estrategia ramplona, del siglo veinte. Es el pasado de los despachos profesionales. Nosotros, hoy, estamos obligados a más. Nuestro trabajo es estar a su lado, entenderles y aconsejarles.

Pero en esta difícil situación también debemos estar al lado de los más desfavorecidos, al lado de los trabajadores, debemos ser nosotros quienes pongamos la cordura que falta en este momento de crisis.

Es un error mayúsculo analizar este momento histórico en términos de enfrentamiento entre empresariostrabajadores. Las dos partes tienen razones más que justificadas para la queja, pero los dos han de poner de su parte un esfuerzo mayúsculo, excepcional porque el momento lo requiere. Ambos son parte de un engranaje. Sin el emprendedor o sin el trabajador, la función no se puede representar.

Es cierto que no estamos ante una época de cambio, sino ante un cambio de época. Todo se está trasformando a nuestro alrededor, pero estar dentro del torbellino no nos permite verlo. Pasados unos años echaremos la vista atrás y lo comprobaremos. Las estructuras del siglo veinte y principios del veintiuno han quedado obsoletas; las formas de hacer negocios también; los métodos de trabajo, las formas de retribución, todo va a cambiar sin darnos cuenta. Y hemos de asumirlo desde este momento. Pero al mismo tiempo, estoy convencido de que la trasformación será plenamente positiva, y nuestra sociedad saldrá fortalecida de esta crisis si sabemos mantener los valores que la han hecho fuerte, y la cultura del esfuerzo.

Nuestro despacho está convencido de ello, y creemos que hemos de aportar a la sociedad nuestra colaboración; estamos obligados. Debemos ser consecuentes con la situación, y colaborar en el desarrollo de iniciativas que persigan terminar con la atonía y la desmotivación existentes. Es el esfuerzo de todos, la participación en proyectos ilusionantes, y la convicción absoluta de que esta idea es la correcta, lo que debe mover los resortes necesarios. No hay que olvidar que la humanidad se ha movido siempre por estímulos de superación personal y colectiva, y eso no va a cambiar. Es desde ese espíritu desde donde vamos a salir adelante, desde donde el cambio se va a impulsar.

Todos tenemos que hacer algo por nuestra sociedad. Algo que hasta ahora jamás hubiésemos pensado en hacer. Hagamos que nuestro trabajo sea algo valioso para los demás, olvidándonos de elementos crematísticos. Debemos dar. Ya no vale sólo recibir. Debemos dar, para construir entre todos. Sólo en la certeza de que lo que hacemos sirva para mejorar la sociedad, para ayudar en algo a salir de esta situación, estaremos bien pagados. Reflexionemos sobre elloy pongámonos manos a la obra.

La sociedad ha cambiado, los abogados debemos cambiar.


En la línea del artículo de 5 de abril, donde sugería la necesidad de cambiar radicalmente la concepción de los despachos profesionales ante la evidente transformación de la sociedad, motivada fundamentalmente por el abrumador crecimiento de las nuevas tecnologías, leo hoy en el blog de Pérez Partners un post relacionado con el mismo asunto, titulado “Abogados del 2020 (y del 2011)”. Copio literalmente una frase que suscribo íntegramente y que es la esencia de esta reflexión: “La prestación de servicios jurídicos va a necesitar gestionar proyectos, necesita adaptarse a lo que los clientes quieren, profesionalizar su gestión y marketing, y no dar la espalda a las nuevas formas de comunicación entre las personas a través de las redes sociales

Esta afirmación es aplicable a despachos de abogados, asesores, consultores y, en el fondo, a todo aquél que lleve a cabo la prestación de cualquier tipo de actividad profesional en la que se trate directamente con personas y, sobre todo, con empresas. Porque la sociedad está cambiando. Como oí no hace mucho, “no estamos ante una época de cambio, sino ante un cambio de época“. Y no es suficiente con que lo reconozcamos o lo asumamos. Es preciso además, que nos transformemos y nos reinventemos. De lo contrario, como todo negocio hoy, estamos abocados al sufrimiento y a la desaparición.